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Por qué viajar es la mejor medicina contra los prejuicios

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Viajar es algo que va mucho más allá de moverse de sitio, siempre lo he dicho: Para mí, viajar es la mejor terapia para hacernos madurar y comprender muchas cosas de la vida en general. Viajar te abre la mente de mil y un maneras.

El viaje abarca algo mucho más profundo que un simple traslado físico de un lugar a otro, más que las muchas horas que podamos pasar en aviones y trenes, más que todas las rutas posibles que se atraviesen en nuestro camino: Viajar es una de las cosas más mágicas que conozco, porque te complementa por dentro.

Este complemento viene en diferentes formas, se empaca en frascos etiquetados con muchos nombres, como si se trata de una pócima medicinal que nos cura de todas nuestras dolencias internas, de esas que a veces ni siquiera sabemos que tenemos.

Lo increíble, es que no existe una prescripción en una receta de cuánto beber de estos frascos, por esta vez, puedes desobedecer las indicaciones médicas y tomar cuánta medicina requiera tu alma. Generalmente, mientras más te embriagues con cada uno de estos frascos, más sano estará todo tu ser.

Cada respiro de aire puro, cada paso de tu andar, cada suspiro que te robó ese lugar o cada vez que tu corazón latió más fuerte, para terminar deteniéndose un momento porque la emoción era tanta, que todo tu ser necesitaba parar para admirar semejante belleza; esas cosas son la base del cambio interno que nos genera el viajar.

He comprobado que no existe mejor método para conocernos, crecer, comprender y aprender de la vida, que viajar. Cerca, lejos, en tu propio país o al otro lado del mundo, viajar no tiene limitantes para que el aprendizaje y complemento interno, se genere y se impregne en cada uno de nosotros.

Si algo tiene el viajar de maravilloso, es que es una actividad general, abierta para todos, y que no requiere de distancias para aprender de ella. Es decir, para que se genere ese cambio interno del que hablaba, no es necesario que viajes lejos; el aprendizaje se mide en experiencias, no en distancias o millas recorridas.

Me gusta decir esto, porque me he topado con muchas personas que piensan que para que el viaje te cambie absolutamente, tienes que irte muy lejos y recorrer medio mundo. Estoy de acuerdo que hay viajes (generalmente son los lejanos), en los que hay otro tipo de comprensión y aprendizaje, porque convivimos con cosas y personas muy diferentes.

Sin embargo, estoy plenamente segura, que para que un viaje te cambie internamente, no necesitas forzosamente moverte ni siquiera de tu país o de tu ciudad. Ese es el poder de un viaje, y a continuación te quiero contar una de las cosas que más me gusta de ellos: Rompen estereotipos y prejuicios.

Cuando estamos viajando, exploramos y descubrimos muchas de nuestras capacidades como seres humanos, algunas las hacemos crecer y otras las desarrollamos por primera vez. Pareciera que el viaje es la puerta hacia nuevos sentimientos, sensaciones y descubrimientos.

El simple hecho de salir de tu rutina, de encontrarte en otro sitio o de ver caras y paisajes nuevos, es algo que genera un cambio. Quizás la primera sensación que notes, sea la propia libertad, esa sed de sentirte libre para descubrir todo lo que está a tu alrededor.

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Lo que después vas descubriendo que puedes hacer con esa libertad, es lo más interesante. Esa autonomía se plasma en decisiones, a las que le siguen los aprendizajes; pero para que esas decisiones nos puedan enseñar algo, hay que dejar que estén plagadas de apertura.

¿Apertura? Sí, exactamente: La apertura que tengamos de mente (y de corazón también) hacia las cosas, situaciones y personas. Generalmente desde que nacemos, somos una fuente de cargo de muchísimas creencias y preceptos que la sociedad nos enseña, y a veces nos inculca.

Muchos de estos preceptos son los que le dan sentido a nuestra vida, los que nos hacen creer en lo que creemos, o vivir de la manera en la que lo hacemos. Sin embargo, otros muchos, son los que pueden condenarnos.

Este conjunto de creencias e imposiciones, son con las que nos llenan la mente de falsas ideas. Y desgraciadamente, son las que no nos dejan avanzar, discernir, confrontar o cuestionar todo lo que nos pasa y todo lo que sucede en el mundo.

La idea general de lo que está bien o lo que está mal según las personas, lo que “debes” hacer de tu vida, lo que “debes” pensar o sentir, o lo que “no debes” hacer porque está mal, y seguramente te va a causar daño. A ese tipo de preceptos me refiero.

Desgraciadamente, aún vivimos en una sociedad muy cerrada en muchos aspectos, en una que discrimina y que critica sin el menor reparo. Una sociedad que castiga, ataca y lastima, porque tienen un problema con esa apertura de la que hablaba arriba.

Este tipo de personas, piensa que el mundo está creado de una única manera, y que no hay manera de cambiar ciertas ideas o conceptos de éste. Generalmente, son las personas que no creen en la evolución, en los cambios o en lo diferente.

Te hablo de esto, porque ese tipo de falta de apertura, es algo que suele condicionarnos demasiado. Para que podamos comprender y aprender de los viajes, necesitamos dejar atrás estas limitaciones.

Muchas de las lecciones de los viajes, solamente las podremos entender, si estamos dispuestos a transpirar esa apertura. Si verdaderamente estamos dispuestos a abrir nuestra mente a todo lo que el viaje tenga por ofrecernos.

Hay muchas veces en la vida que nos topamos de frente con cientos de personas, situaciones y experiencias maravillosas, pero les cerramos las puertas para no dejarlos impregnarse en nuestros seres.

El miedo es el principal responsable de esto, no nos deja tener la valentía de aventurarnos a conocer todas estas nuevas cosas, pero también tiene otros compañeros que buscan lo mismo (evitar que nos abramos a nuevas posibilidades): LOS PREJUICIOS.

Los prejuicios, esa serie de ideas que tenemos acerca de algo o alguien, y que solamente acaban por hacernos un daño tremendo la mayoría de las veces. Lo malo es que muchos no se quieren dar cuenta de esto.

Te decía arriba, que algo que una de las cosas que más me gusta de viajar, es que rompe estereotipos y prejuicios. Antes de contarte mis razones por las que afirmo esto, quiero comenzar con explicarte algunas situaciones en las que los prejuicios aparecen cuando estamos viajando, y que son la base del daño que nos pueden causar.

Cuando viajamos, entramos en contacto con muchísimas cosas nuevas y desconocidas: personas, paisajes, caminos, idiomas, culturas, historias, etc. Eso puede generarnos un estrés y miedos tremendos; el temor latente de no saber con lo que te vas a encontrar, y sobretodo no saber lo que te va a causar.

De alguna manera, cada rostro, color, sabor que conozcas y pruebas, van a ser la clave de que algo se mueva dentro de ti, lo importante es darnos esa oportunidad.

Viajar suele llevarnos al límite de nosotros mismos porque nos expone. Estar en contacto con todas estas nuevas sensaciones, cosas, situaciones y personas suelen llevarnos al límite por una sencilla razón: Estamos expuestas a ellas, a sus características, virtudes, obstáculos y peligros.

Seguramente en alguno de tus viajes, has sentido temor por enfrentar esta exposición: Por hacer algo nuevo, por atreverte a probar ese platillo exótico, por no querer visitar algún sitio porque todos dicen que “no vale la pena”, o por no querer conocer a otras personas por como lucen o como visten.

Hasta cierto punto, creo que es normal sentir este miedo, todo lo desconocido nos genera esa sensación de incertidumbre y de temor. Pero precisamente el viajar, consiste en exponernos a todo eso, a cada una de estas nuevas cosas.

Te expones cuando caminas por una avenida nueva, cuando pruebas algo diferente, cuando despiertas en una ciudad desconocida o cuando conoces a todas esas personas nuevas que piensan y actúan de diversas maneras.

Te expones a que todas esas experiencias te cambien.

Esta exhibición de sentimientos, cosas, personas y situaciones, llega a veces a azotarse en nuestra cara tan fuerte, que nos puede causar ese daño del que te hablaba arriba. Nos asusta tanto sentir, que preferimos evitar todo aquello que no conozcamos.

Uno de los factores que hacen a los viajes mágicos y fascinantes, es la gente. Las personas nuevas que podamos conocer durante el trayecto, forman una parte básica de la experiencia que tendremos.

Las personas son las que le dan color a todo, son de las que solemos aprender más en la vida. Y cuando viajamos, esta relación se suele multiplicar, porque aunque sean completos desconocidos para nosotros, nos pueden enseñar mucho más que nuestros propios conocidos.

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El simple hecho de convivir con otros seres humanos, eleva nuestro conocimiento propio y de la vida en general. Conocer a personas que piensan, sienten, actúan, creen cosas diferentes a las de nosotros, es algo que nos hace valorar y crecer.

Pero el problema llega, cuando nuestros prejuicios son mucho más grandes que la oportunidad de conocer a esas personas.

¿A qué me refiero con esto? Te voy a dar un par de ejemplos, de dos personas reales que he conocido en mis viajes, y que me dejaron muy marcada.

                                                                               Robin

Estaba llegando por primera vez a Asia, viajando completamente sola (sí, tenía mucho miedo), iba en el avión pensando y sintiendo muchas cosas. De pronto, escuché que en el asiento de adelante una mujer hablaba inglés, y me llamó la atención inmediatamente porque también iba sola.

Se trataba de una mujer de unos 50 años aproximadamente, tenía el cabello hasta las caderas y vestía de forma sencilla. Recuerdo que me sonrió y decidí comenzar a platicar con ella. Me contó que era de Estados Unidos, que le encantaba viajar sola, y que era la cuarta vez que viajaba a Tailandia, porque amaba ese país. Me quedé sorprendida por lo que me estaba contando.

Recuerdo que por el simple hecho de hablar con ella, una sensación de tranquilidad me invadió. Le conté que yo también estaba viajando sola, y le dije que si al llegar, quería compartir un taxi hacia nuestros respectivos hoteles. Gratamente accedió, y desde que nos bajamos del avión, me sentí de alguna manera conectada con esta completa desconocida, como si el cielo me la hubiera mandado (literalmente).

Días después de nuestro primer encuentro, nos escribimos por mail para quedarnos de ver nuevamente. Quedamos de vernos en un monumento de Bangkok, al final yo me acabé perdiendo, llegué tarde y cuando lo hice, nunca la encontré. Me di por vencida, y me dirigía hacia mi destino, cuando la vi del otro lado de la calle. Recuerdo que nos abrazamos como si nos conociéramos de toda la vida, en ese momento, juro que me dije a mi misma: “Wow, que increíble sensación”.

Y esa es la historia de cómo conseguí a mi primera amiga de la nada, en un viaje del otro lado del mundo, completamente sola. Esta es la historia de cómo me permití conocerla, darle esa oportunidad, sin juzgar absolutamente nada acerca de ella.

                                                                         Gabriel

Yo nací en la Ciudad de México, pero desde pequeña mi familia y yo no vivimos ahí por diversas razones. Sin embargo, es una ciudad que amo y a la que voy muy seguido. Es una ciudad enorme, así que decidí tomarme unos días para únicamente recorrerla con calma, y volverme a empapar de muchos lugares a los que hace mucho no iba.

En esta visita, elegí ir a Teotihuacán (una de las zonas arqueológicas más grandes de México) con un grupo que incluía un guía que nos explicaría la historia del lugar a fondo. Recuerdo que desde el momento en el que vi a Gabriel (nuestro guía), me dio la sensación de ser una persona muy amable, su mirada era limpia.

Vi a un hombre de poca estatura, con el cabello negro largo hasta los hombros, tenía algunos tatuajes, vestía totalmente de negro con un chaleco bordado y unas botas rojas. El primer contacto que tuve con él, fue cuando me preguntó si no me molestaba que hablara en inglés todo el recorrido (porque nuestra camioneta estaba llena de turistas americanos), le dije que para nada, que adelante. Hablaba un inglés perfecto.

Al llegar a nuestro destino, me acerqué a platicar con él. Me dijo que había estudiado antropología y arqueología, que llevaba más de 20 años siendo guía y que además tenía una empresa que daba tours culturales por todo el país. Después, mientras avanzamos con el recorrido, no pude evitar notar la pasión con la que realizaba su trabajo, y además lo mucho que sabía. Todo esto me dejó absolutamente sorprendida.

Al finalizar nuestra visita, paramos un par de horas para comer y para que los turistas conocieran bebidas como el tequila y el mezcal. Pues nosotros no comimos, elegimos sentarnos a tomar unas cervezas y platicar de la vida, del amor y de otras cosas un poco filosóficas. Recuerdo regresar a la Ciudad de México de la visita, y decirme a mí misma: “Que increíble persona conocí hoy”.

Si tan solo me hubiera dejado llevar por cómo lucía Gabriel (me refiero a su exterior, a su color de piel, a su vestimenta, etc.), es probable que ni siquiera le hubiera hablado. Es muy probable que mucha gente al vernos platicando pensara: “¿Qué haces con ese hombre, qué no estás viendo cómo se ve? Seguro te va a robar”.

Pues ese hombre, es una de las personas más cultas que he conocido en mi vida. Y me siento muy orgullosa de no haberme dejado llevar por prejuicios estúpidos, para darme la oportunidad de conocerlo y de no juzgarlo.

Estos dos ejemplos que te acabo de dar, son la perfecta manera para comprender lo que los prejuicios pueden causarnos. Se pueden llamar” prejuicios particulares”, porque son ideas que podemos tener acerca de alguien en específico, por el simple hecho de cómo lucen o de cómo se ven.

Durante mis viajes he conocido a muchas personas como Robin y como Gabriel, que me han enseñado tanto, que sin ellas, ningún viaje habría sido el mismo.

¿Qué hubiera pasado si gracias a los prejuicios me hubiera negado la oportunidad de conocerlos o de hablarles siquiera?, ¿qué pasaría si siempre que viajo, la vista se me nublara por los malditos prejuicios y no me permitiera ver lo maravilloso que está frente de mí?

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De igual manera puede existir un prejuicio en general, por ejemplo hacia la cultura o conjunto de personas de un sitio. Me he topado con muchas personas que juzgan un lugar, solamente por comentarios que escucharon, y acaban por formarse una opinión equivocada de ese sitio.

¿Por qué viajar es la mejor medicina contra los prejuicios?

 

“Viajar es descubrir que todos están equivocados sobre los otros países” Aldous Houxley

Hay una tremenda diferencia entre lo que imaginamos, y lo que verdaderamente es un lugar y la gente que vive ahí. La imagen que podemos tener de algo o de alguien, puede cambiar muchísimo de lo que en realidad es; no hay que dejarse llevar por los mitos.

Cuando viajamos, estamos expuestos, como te platicaba arriba. Ir con una idea previa acerca de cómo serán las cosas, a veces nos da seguridad, seguridad para enfrentar todo eso a lo que estaremos expuestos.

Sin embargo, en este afán de sentirnos seguros, a veces nos formamos en la cabeza muchas ideas falsas que lo único que hacen es aterrorizarnos. Nos aterroriza la simple idea del desconocimiento; y es normal hasta cierto punto.

El problema llega cuando nos encerramos en nuestra burbuja, para no querer exponernos a todas esas cosas que desconocemos. En nuestra mente vamos creando cientos de historias, sin verdaderamente estar seguros de ellas.

El no tener una apertura de mente cuando viajamos, solamente logrará que no podamos ver más allá de nuestras propias limitaciones. Es como si nos pusiéramos una venda en los ojos desde el momento en el que pisamos un nuevo lugar.

Hay que recordar que somos nosotros los que estamos en otro sitio, ciudad o país, somos nosotros los que tenemos el placer de conocer cada aspecto de su gente, paisajes, cultura y comida. Ellos no tienen que adaptarse a nosotros, nosotros tenemos que hacerlo a ellos.

Somos diferentes, ¡que maravilla que lo seamos! Disfrutémoslo, en la diversidad está la maravilla de esta vida y de este planeta. Formémonos un propio criterio de absolutamente todo, aprendamos a discernir y a cuestionar las cosas; así podremos abrir nuestra mente hacia el aprendizaje.

Viajar enseña tolerancia y respeto. Cuando entramos en contacto con personas y cosas totalmente diferentes, aprendemos que juzgar y valorar a una persona únicamente por cómo se viste, por cómo luce o por el color de su piel, es ilógico y estúpido.

Desgraciadamente, pasa y pasa mucho todavía en nuestros días. Después de tantos años de evolución humana, aún seguimos cometiendo el error de juzgar, criticar, alejar y reprimir a las personas que ni siquiera conocemos.

Dicen que la primera impresión de alguien nunca se olvida, pues yo creo que solamente el cuerdo conocimiento de alguien es lo que no se olvida. Lo que los seres humanos llevamos por dentro es lo que de verdad importa, el exterior no asegura o niega belleza interna.

Mientras te niegues a conocer el interior de alguien, mientras tus prejuicios sean mucho más grandes que eso, te juro que no lograrás aprender nada de lo que verdaderamente significa viajar.

Viajar es la forma perfecta para desatar esos nudos de prejuicios y preceptos que podemos cargar, porque nos da la oportunidad de crearnos nuestra propia opinión de miles de cosas. Nos da la oportunidad de sentir, de crear, de REFLEXIONAR.

Me parece increíble el poder de reflexión que los viajes nos brindan. Logras comprender que a pesar que todos en este planeta podamos ser tan diferentes (aunque podamos rezarle a diversos dioses, aunque comamos cosas tan diferentes o actuemos diferente), todos al final somos iguales.

Todos los seres humanos queremos sentirnos plenos, todos añoramos la felicidad a través de diferentes cosas, todos buscamos amar y ser amados. Y eso es una de las cosas más maravillosas de la vida.

Así que, en tu próximo viaje, abre bien la mente y el corazón. No dejes que nadie cree una opinión por ti, no dejes que nadie piense o sienta por ti lo que tú debes sentir por ti mismo.

Date la oportunidad de sentir, de maravillarte, de abrir bien cada uno de tus sentidos para vibrar de emoción. Deja que cada sensación se apodere de ti, deja que tu corazón sienta y que tu mente piense.

Habla con las personas locales, pregunta, discierne, confía, y aprende de todo lo que tus ojos verán. Ve lo que no está en el plano principal, piensa fuera de eso, ve más allá, deja que el destino sea impregne en ti.

Escucha, camina, abre bien los ojos, la mente y el corazón y deja que el viaje te enseñe.

 

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