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No “tienes que” nada cuando viajes

No tienes que nadaImaginemos la siguiente situación:

Estás planeando un viaje a “X” destino, estás muy emocionado porque es la primera vez que vas y mueres de ganas por saber qué te deparará esta nueva aventura. Unas semanas antes de tu viaje, te encuentras a un amigo tuyo, le cuentas de tus planes y te dice que él ya fue.

De alguna manera te sientes un poco identificado con tu amigo, y él te empieza a contar más del destino, te dice los lugares que vale la pena que conozcas, lo que no debes perderte, lo que debes de probar, lo que tienes que hacer.

Mientras te cuenta, tú anotas todo con emoción para no perder detalle, y poder ir armando tu itinerario con sus consejos. Si un buen amigo lo dice, debe ser porque es verdad y no te puedes perder de hacer y ver todo lo que te ha dicho.

Piensas: “Tengo que hacer todo lo que me está diciendo, seguir lo que me dice, si quiero tener un viaje increíble como el de él”.

Seguramente, esta situación te ha pasado algunas o muchas veces cada vez que viajas. Es muy normal que cuando emprendemos una nueva aventura, tengamos algo de miedo y dudas acerca de lo que queremos ver, de qué conocer, por dónde empezar o de si ir o no a ese lugar al que todos van.

Viajar a un lugar que no conocemos es increíble, pero al mismo tiempo es una experiencia que nos hace dudar de muchas cosas. Generalmente antes del viaje, nos ponemos a investigar toda la información del destino, lo que hay que hacer y ver, las atracciones turísticas, dónde comer, cuántos días estar, cómo llegar a esos lugares que has visto mil veces en postales.

Pero, ¿qué pasa con toda esa enorme cantidad de información que nos llega?, ¿en qué momento empieza a afectarnos tener tanto a la mano que comienza a estresarnos por lo que “tenemos que hacer”?

En la situación que te platicaba al principio, ponía de ejemplo a una persona normal que te brinda consejos acerca de un sitio o destino, te dice qué conocer o visitar, por ejemplo. Generalmente, estas personas son las que te dicen frases como “Tienes que ir a conocer este monumento, si no vas es como si nunca hubieras ido a “X” país.”no tienes que nada

¿Te ha pasado? Que en algún punto hasta sientes que son demasiados los “tienes que”, que no sabes bien qué va a pasar si no lo haces.

A mí me pasaba mucho esto (y aún me sigue pasando), cuando la gente me dice cosas como: Tienes que ir a tal lugar, tienes que hacer esto o es como si no hubieras ido, tienes que visitar este lugar…tienes que…tienes que…

Y entonces hubo un punto en el que yo empecé a preguntarme a mí misma: ¿Tengo? ¿Quién dice que tengo que? ¿Qué pasa si no hago lo que según ellos “tengo que hacer”?

¿Por qué TENGO QUE? ¿Quién me lo impone?

En ese momento fue en el que entendí que si en mi vida yo no tengo que hacer nada por compromiso, por satisfacer a alguien más, por quedar bien con alguien o por ser algo que yo no soy, en mis viajes tampoco tenía que hacerlo.

Comprendí que yo NO “tengo que nada” cuando estoy de viaje, me ayudó a empezar a disfrutar más y mejor de mi propia forma de viajar y de cada destino. Me explico:

Cuando alguien te da este tipo de tips, la mayoría lo hará para ayudarte a planear tu viaje, quizás esa persona ya conoce el sitio el que tú vas y solamente quiera darte algunas recomendaciones de qué ver o qué hacer ahí.

Y es muy válido, y puede ser ciertamente de gran ayuda que alguien te de tips de algún lugar que le agradó mucho, o de ese restaurante que le pareció fascinante. Esto muchas veces te ahorra tiempo, puede guiarte mejor para saber qué quieres visitar, y se agradece que alguien te brinde ese tipo de consejos.

Sin embargo, existen muchas otras veces, en las que lo único que hacen estas palabras, es generarnos un estrés brutal. Tenemos cierto tiempo destinado para nuestro viaje, que queremos aprovecharlo al máximo, y entonces empezamos a anotar en una lista todos los sitios que tenemos que visitar.

Pero, ¿qué pasa si por alguna razón no podemos completar toda esa lista?, ¿Qué pasa si no llegamos a cumplir todos esos “tienes que”?

De alguna manera, queremos con tanta fuerza conocerlo todo y hacerlo todo, que si no pasa, nos estresamos porque pensamos que nos equivocamos o que no tuvimos el viaje que queríamos.

En mi viaje por el Sudeste Asiático, conocí a muchas personas que viajaban poco tiempo y querían recorrer todos los países. Confieso que yo en un principio, también soñaba con volar de un lugar a otro y poder regresar con muchas fotos y sellos en mi pasaporte, pero luego entendí precisamente que la única que tenía que tomar las riendas del viaje (y de mi vida) era yo.

Comprendí que prefería viajar lento que correr y no ver nada. Le dije que NO a todos ellos que me decían: “¿Pero por qué no vas aquí o allá, por qué no después de aquí te vas a otro país?”, “Tienes que ir a “X” lugar, tienes que hacer esto o aquello”.

No, yo no TENGO QUE. Si quiero voy a hacerlo, pero porque yo lo decida, no tú. 

Entendí que lo que importa NO es el número de países o de lugares que puedas presumir que conoces, lo que importa son las historias que puedas contar de ellos. Comprendí que cada una de esas historias es diferente, y eso es lo interesante de cada persona.

Entendí que yo “no tengo que nada” y que ciertamente a la única que debo complacer es a mí misma.

Si algo he aprendido en la vida y en los viajes, es a que perderse a veces es encontrarse. No todo tiene que ser exactamente como si siguieras una receta de cocina, no todo sale como “tiene que”, la improvisación es algo que te muestra otras puertas que no conocías y que la vida es especialmente buena para sorprenderte.

Lo interesante aquí, es dejarse sorprender. Darse la oportunidad.

Cada persona en este planeta es diferente, todos y cada uno de nosotros somos diferentes y QUE MARAVILLA que sea así. Pero a veces el mundo, la vida y la sociedad nos meten tanto la idea de las cosas que tenemos que cumplir, que acabamos por no seguir nuestros ideales, acabamos por hacer algo que ni siquiera queremos.

Entonces, hay que recordar que viajamos por el placer, por el descubrimiento, por la emoción y por el conocimiento, y que todo esto que nos brindan los viajes son cosas que dependen de nuestra propia percepción de la vida, de nuestros gustos, afinidades, etc.

Los sitios imprescindibles que visitar a veces no son tan espectaculares para absolutamente todas las personas. A algunas personas les puede impresionar ver la torre Eiffel, a otras quizás no. Lo que a mi me pudo parecer increíble, quizás para otra persona sea lo más aburrido del mundo.

Pero en ello, también se esconde cierta magia de descubrimiento. De buscar y buscar, para poder hallar lo que haga clic dentro de tu corazón.

Todos somos diferentes, y debemos dejarnos guiar por lo que nos guste, aquello que nos parezca más interesante.

No siempre tenemos que seguir una ruta o un destino que vaya en línea recta, no siempre tenemos que viajar como otros han viajado.

Sálganse de los mapas, tomen rutas distintas. Si quieren ir a otro lugar que no esté en las guías de viajes, vayan. Dense la oportunidad de perderse, de visitar esos sitios “no conocidos”, de conocer más allá de la postal, de ir hacia dónde nadie ha ido, de viajar “fuera de la caja”.

Platiquen con la gente local, déjense llevar por su corazón y simplemente vayan a los sitios que deseen, no dejen que nadie les imponga cosas o lugares.

Hagan lo que su alma les pida, lo que los haga felices, vayan a ese sitio que siempre han soñado aunque nadie lo conozca.

Dejen que su intuición camine de la mano con ustedes, viajen lento y con los ojos bien abiertos, coman, rían, disfruten, caminen, sientan, vibren. Regresen con muchas anécdotas e historias, y vuelven a empezar. Viajen a su tiempo y a su manera, conforme a lo que sientan, piensan, crean y conforme a lo que los apasione.

“Viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente”. – Mark Twain

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