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Chiapas: Mis Primeras Impresiones

Bien me lo dijeron: “Chiapas te cambia la vida”. Y por dios que tenían toda la razón del mundo, conocer Chiapas, sus paisajes, su comida y su gente me cambió, me movió algo dentro de mí que solamente motivó mis más profundas reflexiones.

Si algo que amo de viajar, es el poder que el propio viaje nos brinda de aprender, crecer, madurar, valorar más aspectos de nuestras vidas, comprender y ver más allá de lo que conocemos. Y eso me sucedió con Chiapas.

Yo siempre he dicho que para poder experimentar la magia de los viajes, no tienes que irte forzosamente del otro lado del mundo, y tampoco tienes que irte a otro país. Lo increíble es que la magia flota, intacta y natural en todos lados, en tu propio país, en cada esquina, y muchas veces se te estampa en la cara en las situaciones más cotidianas; lo importante es prestarle atención.

La magia que exhalan los viajes, es algo que cualquiera puede experimentar, y para eso no es necesario movernos tan lejos. Muchos quizás podrían pensar que mientras más lejos te vayas, mejor es el viaje, pero la verdad es que hasta el viaje más cercano puede enseñarte muchísimo; por eso comparto mi filosofía que la gente viaje por el descubrimiento.

Viajar me ha enseñado mucho más de lo que otras cosas lo han hecho, y lo ha hecho porque viajando es cuando más comprendo cosas acerca de mí misma y del mundo. Muchas veces en la vida, necesitamos comprender primero lo interno, lo cercano, lo cotidiano, para poder después entender lo que es más grande que nosotros.

Eso pasa cuando viajamos más internamente que externamente, es decir, cuando sin importar el destino, el verdadero descubrimiento es el que hacemos internamente acerca de nosotros mismos. Y viajar por mi país me provoca eso, por eso decidí ir a Chiapas.

Chiapas para mí fue como una explosión de sentimientos y sensaciones. Sabía de antemano que era un estado hermoso, plagado de bellezas naturales, mis conocidos que habían ido coincidían en ello y solamente expresaban comentarios positivos y enriquecedores de este estado de la República Mexicana. Lo que no sabía, era lo mucho que viajar a Chiapas me iba a cambiar.

El estado de Chiapas fue el último en agregarse a la República Mexicana, y actualmente es uno de los estados que más turismo atrae anualmente al país. Cuenta con algunos de los atractivos más importantes de México, el turismo en Chiapas se ha convertido en una de las actividades económicas prioritarias para su gente.

La oferta turística del estado es enorme, y ofrece desde las hermosas zonas arqueológicas mayas del norte, poblados rurales, zonas boscosas, formaciones naturales como cañones o cascadas, hasta playas y manglares en el sur.

Chiapas me cambió desde el primer instante que lo pisé, fue como si la vida me diera un preludio de todo lo que iba a vivir, y me abriera por completo el alma y los sentidos para vibrarlo al máximo. Me topé desde el primer momento con un estado amable y lleno de gente buena, con un estado que derrama tradiciones, historia y cultura al por mayor. Desde que llegué a Chiapas, supe dentro de mí que ese viaje sería increíble, y no me equivoqué.

Desde el día uno me sorprendí de lo bello que era Chiapas, recuerdo el regresar de paseo por dos de las zonas arqueológicas más importantes mi primer día, y maravillarme con todo lo que mis ojos habían tenido la oportunidad de vivir y experimentar. Me fasciné al ver lugares con paisajes sencillamente increíbles, que me robaron el aliento y me hicieron quedar con la boca abierta, literalmente. Creo que son precisamente esos momentos en los que estás en algún lugar o situación, y puedes decir: ¡Wow! los que hacen que la vida valga la pena. Cerraba los ojos y me repetía: ¡Qué belleza! No cabe duda que soy afortunada por poder ver esto.

Chiapas me enamoró, me atrapó irremediablemente en un amor a primera vista. Quedé enamorada absolutamente de todas sus maravillas naturales, de esos paisajes que parecían salidos de una película, de ese aire puro que emitía cada lugar, del simple hecho de descubrir nuevos sabores, colores y personas. No pude evitarlo, Chiapas se robó mi corazón.

Al mismo tiempo, puedo decir que Chiapas fue un viaje difícil para mí. Poder tener la oportunidad de visitar uno de los estados más bellos de mi país, y al mismo tiempo ver con mis propios ojos que estaba en uno con el más alto índice de pobreza, fue algo que me marcó tremendamente.

Yo siempre digo que viajar no siempre es color de rosa, muchas veces no será sencillo, no será bonito y te toparás con muchas situaciones que requieran de tu fuerza y voluntad más grande. Pero son precisamente esas cosas, las que nos hacen abrir más los ojos, ver un poquito más allá de lo que está frente a nosotros, de todo lo que está detrás, la vida diaria de las personas, y no solamente la postal de ese bello lugar.

Eso me sucedió con Chiapas. No tienen idea de lo que mi alma sentía cada vez que iba por la carretera, y veía las condiciones deplorables en las que viven miles de indígenas, ver sus caras de tristeza, de hambre, de dolor, y sentir que mi corazón se quebraba.

Observar un estado con un sistema de transporte y carretero deplorable en su mayoría, ver cómo la gente que se tiene que trasladar todos los días desde pueblos y comunidades remotas, se le pueden ir días completos en ello.

Ver la pura exaltación de los requerimientos del pueblo, gritados por voces que se mueren de hambre, de sed, que no tienen ni siquiera una vivienda digna para vivir, y de tener unos oídos gubernamentales que parecen no tener el más mínimo interés en escucharlos.

Vi con mis propios ojos, como la gente se moría de dolor. Los vi actuando movidos por esos sentimientos (no de la mejor forma o con el mejor fin), tratando de obtener respuestas rápidas, y solamente causando daños para su propio estado y gente; pero de eso no se dan cuenta.

En muchas regiones de Chiapas, sigue siendo tierra de nadie. Las comunidades tienen leyes propias y ni el gobierno, ni los militares, ni los demás se pueden meter, lo que ellos dicen es lo que es y punto. Diariamente te puedes topar con bloqueos carreteros, en los que simplemente cierran los caminos y no dejan pasar a menos que des una “cooperación” económica, y si alguien se niega o se levanta en contra de ellos, su respuesta es el vandalismo y la agresión.

Recuerdo cuando me tocó un bloqueo en una de las carreteras más transitadas por el turismo, y simplemente te detenían sin ninguna razón aparente. Exigían mejoras económicas, y causaban un caos increíble a todos nosotros, que solamente buscábamos trasladarnos. Me acuerdo de lo molesta que estaba, porque nadie pudiera hacer nada, por esa impotencia de prácticamente estar en manos de una comunidad que decidía si cruzabas o no.

Pero vaya, después me puse a pensar ¿hasta qué punto es comprensible?, ¿hasta qué punto el hambre y el dolor son los que hablan por estas personas? Estoy completamente de acuerdo que esa no es la manera, y que el vandalismo tampoco lo es, pero para ellos es un: “No tengo agua, comida, vivo en el lodo, al gobierno no le importo, ¿entonces qué hago? Busco la manera más fácil”

No está bien, eso es innegable, pero ¿hasta qué punto podemos ponernos en sus zapatos y comprender el propósito? O ¿hasta qué punto se puede intentar hablar con alguien que no quiere escuchar?

Observar las dos caras de la moneda, eso es algo que me di la oportunidad de hacer, y que creo todos deberíamos hacer en nuestros viajes y en nuestra vida diaria. Poder tener la capacidad de no solamente quedarse con la perfección de algún sitio, sino poder vislumbrar lo blanco y lo negro, lo precioso y lo que se aloja debajo de la desgracia y la adversidad.

Hacer eso, la mayoría de veces te va a doler tanto, que te rompas en pedacitos, no te lo voy a negar. Pero como yo lo digo, el dolor enseña, y cuando eres capaz de observar con tus propios ojos, tocar con tus propias yemas la miseria, es cuando más aprendes y valoras tu propio existir.

Ves el hambre, el sufrimiento con tus propios ojos, que te cala hasta lo más profundo de tu ser. Y entonces es cuando algo ocurre dentro de ti, algo se activa como si se tratara de una bomba que desencadena una explosión interna de sensaciones.

Observar lo mucho que alguien puede sufrir, hace que valores cada aspecto de tu vida un poco más. Reflexionas acerca de lo que eres, lo que tienes, y lo afortunado que eres por el simple hecho de tenerlo. Uno valora lo mucho que tiene, hasta que ve cuánto lucha y sufre alguien más por no poder tenerlo.

Viajar a Chiapas y ser capaz de observar todo esto, me cambió muchísimo, me movió algo interno que me he es difícil explicarles con palabras porque fue como si alguien me gritara: ¡Vive! Ama más, cuídate más, quiérete más, valora más todo, porque hay gente que en la vida podrá saber cómo es tener todo lo que tú tienes. Sé agradecida.

Chiapas es un sitio extraordinario, eso es innegable. Te atrapa desde el primer instante, es como abrir una ventana de la que salen miles de nuevas sensaciones por experimentar. Es un estado que vibra con su bella música, su deliciosa comida, la amabilidad de su gente, su extensa historia y cultura, con cada paisaje que te roba el aliento.

Sin duda, me encantó poder tener la oportunidad de visitar un poco de lo mucho que Chiapas ofrece, fue una experiencia única y tremendamente enriquecedora para mí en muchos sentidos. Chiapas me cambió, me hizo un poquito más humilde, logró desencadenar mis más grandes suspiros, se robó muchas lágrimas, y me dejó reflexionando más acerca de mi propia vida.

Gracias Chiapas, por tanto. Volveré pronto, que no te quepa la menor duda. 

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